Archivo de la etiqueta: Santa Cruz

Santa Cruz

Paphiopedilum Santa Cruz 4 hojas

Paphiopedilum Santa Cruz 1: pimpollo

Paphiopedilum Santa Cruz 2

Paphiopedilum Santa Cruz 3

Paphiopedilum Santa Cruz 6: segundo pimpollo

Santa Cruz 5: estaminoide

Paphiopedilum Santa Cruz 9: sexual theme park

Paphiopedilum Santa Cruz 8: full

Paphiopedilum Santa Cruz 10: 2nd bud

Paphiopedilum Santa Cruz es un híbrido entre dos especies de secciones distintas dentro del género Paphiopedilum. Paphiopedilum glaucophyllum pertenece al pequeño grupo de especies indonesias agrupadas en la sección Cochlopetalum. Se distinguen por su prolongada floración secuencial, formando un capullo tras otro en una misma vara floral. En cambio las especies de la sección Sigmatopetalum rara vez dan mas de dos flores simultáneas en una misma vara.  A este extenso grupo pertenece la segunda especie utilizada en el cruce, Paphiopedilum sukhakulii. Esta especie tailandesa, bastante llamativa, tanto por sus hojas de dos tonalidades como por su flor, fue descubierta por casualidad en un lote de Paphiopedilum callosum recolectados in-situ y enviados a un vivero en Alemania. Su descubrimiento y posterior descripción en 1965 fue todo un acontecimiento, ya que no se esperaban nuevas especies en esa región extensamente  cateada para la exportación de orquídeas. No deja de ser irónico, que el descubrimiento de Paph. sukhakulii sólo sería el primero de más de treinta especies nuevas para la ciencia, descubiertas y descritas a un ritmo vertiginoso en las siguientes dos décadas.

Al abrirse lentamente la flor parece obvio que el labelo – el zapato o babucha que da nombre al género – y el gran sépalo dorsal que lo protege, son un refugio ideal para insectos, ya sea como lugar de reposo habitual o de protección durante fuertes lluvias. Pero lo obvio en este caso es engañoso. Cierto es que las señales ópticas que emiten las flores de muchas especies del género Paphiopedilum resultan atrayentes para insectos, peculiarmente para muchos sírfidos. Los sírfidos, moscas con aspecto de avispas o abejorros, que al contrario de estos suelen planear prolongadamente sobre las flores en las que se posarán, presentan muchas formas de co-evolución con las plantas a las que suelen visitar.  A su vez, las flores de Paphiopedilum refuerzan esta relación, imitando con su peculiar diseño de manchas y cerdas el alimento de las larvas de los sírfidos: la flor de un Paphiopedilum no promete refugio –  ofrece un sitio para la puesta. El intenso brillo en ciertas zonas del estaminoide y en el borde interior de la ‘babucha’ imita los destellos de las gotas de néctar que sueltan los áfidos, los omnipresentes pulgones. Las manchas oscuras, las verrugas y las cerdas imitan colonias de crías de áfidos. La hembra de sírfido incauta que se pose en las partes centrales de la flor tiene muchas probabilidades de caer tanto en el engaño como de caer al fondo de la babucha-trampa. Su única salida será pasando por la zona receptiva del estigma y luego apretujándose por debajo de uno de los dos estambres laterales que custodian cada una de las dos salidas. La siguiente flor de Paphiopedilum que logre atraer a la misma hembra quedará polinizada. Al no haber ninguna recompensa – ni un buen sitio para la puesta ni un premio de consolación en forma de néctar o polen – el engaño es perfecto. Y posiblemente el engaño aun llegue mas allá: en los estaminoides de Paphiopedilum rothschildianum se han encontrado puestas y larvas de sírfidos,  lo cual podría indicar que las flores de esta especie, además del engaño óptico pudieran engañar químicamente al emanar la misma feromona de alarma que producen los áfidos para alertarse entre ellos ante la presencia de un sírfido. Este complejo mecanismo de polinización por engaño ha sido verificado recientemente para otra especie de orquídea terrestre (Epipactis).

Nadie sabe, y posiblemente no lo sabremos nunca, lo que realmente ve un insecto con sus ojos facetados al explorar el peculiar parque temático sexual de una flor de Paphiopedilum. El refugio no es tal, las señales que atraen y prometen, resultan un engaño.  ¿Cómo puede co-evolucionar un mecanismo basado en el engaño? ¿Hay alguna retribución real para los polinizadores que aun se escapa a nuestra percepción?  Lo que sí podemos afirmar es que incluso a ojos de un humano (¿macho y hembra por igual?) la combinación de formas, sinuosidades, cerdas, pelos y tomento, hendiduras, salientes y entrantes, texturas … evocan sexualidad a raudales en el ojo receptivo.

Π